Nuestra tierra era conocida en épocas precoloniales a causa de rumores que daban cuenta de su abundancia de metales preciosos. Así el Río de la Plata, luego de sortear ciertas denominaciones pasajeras como el Mar Dulce o Río de Santa María o de Solis, adquiriría su inconfundible forma gracias al llamado de los portugueses, quienes desoyeron otras características únicas para dar cabida a su supuesta virtud en metales. Este alcanzaría una importancia aún mayor al introducirse luego en el nombre del territorio todo, al referirlo como la Gobernación del Río de la Plata y más tarde, hacia 1776, como el Virreinato del Río de la Plata.
La palabra argentina (proveniente del latín argentum que significa plata) aparecería para el año 1602 cuando Martín del Barco Centenera publicó un poema en el que describía la historia del Río de la Plata y de los reinos del Perú, Tucumán y del Estado del Brasil bajo el título La Argentina, en el que se hace alusión al territorio del río de la Plata como El Argentino. Dicho topónimo apareció ratificado en un manuscrito de 1612 de Ruy Díaz de Guzmán, incluido en ocasión de un relato épico. Incluso antes, a mediados del siglo XVI, se denominaba a la Ciudad de la Plata de la Nueva Toledo en el Alto Perú como Ciudad de Argentina.
Pero la consolidación efectiva del nombre llegaría con la instauración del adjetivo “argentino”. El poeta Manuel José de Lavardén, hacia finales del siglo XIX, incluyó el adjetivo “argentina” en su obra y su contraparte masculino sería expandido gracias a las menciones de El Telégrafo Mercantil, figurando en obra de Vicente López y Planes Triunfo Argentino así como también en el Himno Nacional.
Aunque la utilización de aquel no fui inmediata, usándose en cambio términos como Provincias Unidas del Río de la Plata, Provincias Unidas en Sud América o Provincias del Río de la Plata. Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas se emplearon nombres como la Confederación Argentina, Estados Unidos de la República Argentina, República de la Confederación Argentina o Federación Argentina.
Sería recién en 1860 con la Convención Nacional de Santa Fe que se introduciría Nación Argentina. Una semana después un decreto del presidente Derqui fijaría la denominación República Argentina. La institución fundamental llegaría de todas formas con el General Mitre quien utilizó el nombre de Presidente de la República Argentina.
Quedaría definido así el nombre del país y su consecuente identidad.
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Una de las lamentables características de nuestra historia, es la facilidad con que se cambian o derrocan los presidentes. Parece que alcanza solo con que algún grupo poderoso (militar, económico o político) así lo desee. Esta situación ha permitido que numerosos políticos alcancen lo más alto del poder para ocuparlo por un período realmente corto, períodos que en ninguno de los casos que mencionaremos posteriormente, superaron los 12 meses.
Aquí la lista de los presidentes argentinos que solo rozaron la presidencia.
Bernardino Rivadavia ( 08/02/1826 – 07/07/1827 ). Primer presidente de la Nación. No existía aún la Constitución Nacional.
Alejandro Vicente Lopez y Planes ( 07/07/1827 – 18/08/1827). Presidente provisional tras la renuncia de Rivadavia. No existía aún la Constitución Nacional. Creador del Himno Nacional Argentino.
Ramón Castillo ( 1942 – 19943 ). Accedió por medio del fraude electoral.
Arturo Rawson ( 04/06/1943 – 07/06/1943 ). No llegó ni siquiera a prestar el juramento como primer mandatario.
Pedro Pablo Ramírez ( 07/06/1943 - 09/03/1944 )
Eduardo Lonardi ( 23/09/1955 - 13/11/1955 )
Roberto Levingston ( 18/06/1970 – 22/03/1971 )
Héctor José Cámpora ( 23/07/1973 – 13/07/1973 )
Raúl Alberto Lastiri ( 13/07/1973 – 12/10/1973 )
Ítalo Argentino luder ( 13/09/1975 – 17/10/1975 ). Ocupó interinamente la presidencia durante una licencia por razones de salud de la presidenta María Estela Martínez de Perón, “Isabelita”.
Roberto Viola ( 29/03/1981 – 11/12/1981 )
Leopoldo Galtieri ( 11/12/1981 – 17/07/1982 )
Ramón Puerta ( 20/12/2001 – 23/12/2001 )
Adolfo Rodríguez Saa ( 23/12/2001 – 30/12/2001 )
Eduardo Camaño ( 30/12/2001 – 02/01/2002 ). Al momento de asumir era presidente de la Cámara de Diputados. Antes que a él según la línea de sucesión, le correspondía ocupar la presidencia al Vicepresidente de la Nación o al Presidente Provisional del Senado. El 30 de diciembre de 2001, ambos cargos se encontraban acéfalos.
Un dato que hay que tener en cuenta. En las elecciones de 1916 se puso en práctica por primera vez la Ley Sáenz Peña, la cual asegura el voto universal, obligatorio y secreto. Desde ese año, 36 fueron los personas que ocuparon el sillón de Rivadavia. De ese numero, 13 de los presidentes duraron en su cargo menos de un año. Es decir, incluso sin contar a los dictadores que superaron los 12 meses en la Casa Rosada, el 30% de los presidentes de la Argentina de las elecciones democráticas, rozaron la presidencia sin ser elegidos por el pueblo.
Corina Kavanagh (de ahí el nombre del edificio) fue una mujer que perteneció a los “nuevos ricos” de la Argentina de principios de siglo. Según cuenta la historia, por aquellos años había iniciado un romance con uno de los hombre más ricos del país, el joven Anchorena, hijo de Mercedes Castellanos de Anchorena, quien se oponía firmemente a este amorío.
Luego de un fugaz enamoramiento, con planes de casamiento incluidos, la postura familiar pudo más. Los Anchorena (una de las familias más tradicionales y ricas del país) no permitirían que ninguno de sus hijos se casara con lo que ellos denominaban despectivamente “nuevos ricos”. Así, el amor entre ambos estaba condenado al fracaso. Corina supuestamente “no daba la talla” para convertirse en una esposa Anchorena. Comienza aquí y así la increible historia del barrio de Retiro y del que fuera el rascacielos más alto de Sudamérica, el Kavanagh.
Humillada, Corina no se quedaría con los brazos cruzados. Una vez impedido su casamiento, daría inicio a su venganza.
Nada develaba más en esos años a los Anchorena que la construcción de la Basílica del Santísimo Sacramento, un templo que serviría como sepulcro familiar.
La idea de los Anchorena, quienes por esa época vivían en lo que hoy es la Cancillería, era comprar un lote vacío que se encontraba enfrente de la iglesia, para construir en este espacio su nueva mansión, que se anexaría más tardea la Basílica.
Rápida de reflejos, Corina notó que su venganza debía construirse en ladrillos. Aprovechando un viaje de Mercedes de Anchorena, decidió comprar el lote que los Anchorena ya habían indicado como su próxima mansión. Así en poco tiempo, contrató al estudio de arquitectos más prestigioso de la época para que diseñaran un edificio con un solo objetivo a la vista, tapar la visual de la Basílica del Santísmo Sacramento que los Anchorena ya habían logrado edifiicar.
Luego de 14 meses de iniciada la construcción, Corina conseguía vengarse. El Kavanagh se elevaba en lo más alto del cielo de Buenos Aires. Su objetivo había sido cumplido.
Tal es la altura del edificio, que la única forma de apreciar la Basílica de frente, es pararse en el llamado “Pasaje Corina Kavanagh”.
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En 1929, el Ejército argentino inició sus actividades en la denominada zona del Puente del Inca, región donde se ubica el Aconcagua, mediante un curso de esquí dirigido por Edelmiro J. Farrell (posterior presidente del país durante el período 1944-1946). Comienzan así las primeras excursiones para escalar la montaña más alta de América.
La primera expedición militar se concretó ese mismo 1929, en diciembre. Fue proyectada y ejecutada por los Tenientes Roberto V. Nazar y Hernán Pujato, los Cabos Primero Carlos Torres y Oscar Suárez y los Soldados Mauricio Silvia y Amadeo Canale. Este grupo partió desde la Ciudad de Mendoza y luego de tres jornadas de de marcha a lomo de mula, alcanzaron el Puente del Inca. Una vez en este punto, continuaron viaje hasta alcanzar los 6.600 metros. Sin embargo, a esta altura, debieron poner fin a su recorrido al ser sorprendidos por una fuerte tormenta de viento que les impidió continuar. En conmemoración a su intento, plantaron una plaqueta recordatoria en la altura máxima que pudieron conseguir.
Tal fue la dificultad de esta hazaña, que el Teniente Pujato sufrió congelamientos en pies y manos. Es necesarios no perder de vista que la tecnología de la época era sumamente precaria.
Finalmente el 8 de marzo de 1934, y luego de varios intentos fallidos, (aparte del ya mencionado, el Sargento ayudante Francisco Fretes alcanzó, según sus propias estimaciones, los 6.800 metros en 1932) el Teniente Nicolás Plantamura se convirtió en el primer argentino en llegar a la cima del Aconcagua, acompañado por tres alpinistas italianos y el arriero chileno Mariano Pastén. De esta manera, por primera vez la Bandera Nacional era plantada en el punto más alto de América.
Adjunto un video para tener una mínima impresión de la vista que otorga la cima del Aconcagua.
Detalle de la cruz de la cima que se aprecia en el video
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Corría el año 1910 cuando Eduardo Valfiermo, estafador argentino, se decidió a viajar a Francia para llevar a cabo el robo de la pieza de arte más preciada de la historia, la Giocconda.
Ya en el país galo, Valfiermo se contactó con el carpintero italiano Vincenzo Perugia para comentarle su plan. La idea era que éste último robase la obra maestra, la cual luego sería vendida al mejor postor. Consciente de la cantidad de ofertas que recibirían una vez producido el atraco, Valfiermo encargó al falsificador francés Yves Chaudron, crear seis réplicas del cuadro para venderlas a seis personas distintas y así, aumentar el monto y la magnitud de la estafa. Tal como se había planeado, las falsificaciones fueron rápidamente compradas por cinco coleccionistas estadounidenses y un brasileño.
- Llama la atención la facilidad con que se llevó a cabo este robo. Perugia no tuvo más que esperar a que aquel 21 de agosto de 1911, el museo cerrase sus puertas al público por mantenimiento, para tomar la Gioconda, quitarla de su marco, esconderla bajo su ropa y luego guardarla en una valija, todo esto sin despertar ningún tipo de sospecha.
Ante el desconcierto y la desesperación de las autoridades, artistas como Guillaume Apollinaire y Pablo Picasso fueron acusados como instigadores de semejante suceso.
La pintura fue recuperada dos años y ciento once días después del robo, sin que haya salido nunca del departamento de Perugia.
Por su parte, Valfiermo fue indicado como el actor intelectual, recién en 1931, luego de que concediera una entrevista a un periodista norteamericano, en la que aceptaba su cupabilidad.
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El 15 de abril de 1912 se hundió frente a las costas de Terranova (Estados Unidos) el más famoso transatlántico de la historia, el Titanic. Considerado el mejor barco de su época, no solo por sus dimensiones sino también por sus lujos y comodidades, se llevó consigo a las aguas del Atlántico Norte miles de historias de desconocidos que murieron dejando atrás anécdotas y vivencias que nos siguen sorprendiendo. Dos de ellas es, sin duda, valen la pena conocerse.
Edgardo Andrew,
uno de los protagonistas de esta historia, nació el 28 de Marzo de 1895 en “El Durazno”, una estancia de más de 10.000 hectáreas, en la provincia de Córdoba.
Con 16 años, decidió partir hacia Inglaterra con el objetivo de estudiar ingeniería naval. Sin embargo, una invitación cambiaría para siempre su destino. Solo un año después, en 1912, su hermano Alfredo lo invitó a su casamiento que se llevaría a cabo en Estados Unidos. Comienza así su último viaje.
Andrew decidió dejar sus estudios para embarcarse hacia el país del norte de América. Nuevamente aquí todos los caminos parecen encontrarse para cambiar su vida. Decidido a realizar el viaje, primero buscó comprar pasajes para la embarcación “Oceanic”, pero una huelga de carboneros lo obligó a buscar otras alternativas. La primera en surgir fue el Titanic. Con un boleto de segunda clase en la mano, empieza su increible historia.
El 10 de abril de 1912, como todos los pasajeros, Andrew se acomodó en su camarote para iniciar su traslado a los Estados Unidos. Durante su estancia, conoció y forjó amistad con una pasajera estadounidense Winnie Troutt, quien años más tarde nos revelaría esta historia.
Pocos días después de su partida, más precisamente el 15 de abril, el Titanic se estremeció al chocar contra un iceberg, provocando un caos generalizado. El “insumergible” se estaba hundiendo sin completar siquiera su primer viaje.
Azorado por la situación, Andrew no se dejó llevar por la emergencia que obliga a la autoconservación. En su lugar, otorgó su salvavidas a su amiga norteamericana, salvándole la vida a ella y al bebé que llevaba en sus brazos.
Finalmente y para copletar lo trágico de esta historia, debido a la precariedad de la tecnología de las comunicaciones de aquellos años, la familia de Edgardo llegado el 29 de abril de 1912, todavía no se había enterado de su fallecimiento.
La otra protagonista de esta historia es aún mucho menos conocida que Andrew. Se trata de Violeta Jessop. Nacida en Buen
os Aires en 1888, luego de la muerte de su padre, comenzó a buscar trabajo y lo encontró en la compañía creadora del Titanic, la “White Star”. Camarera, con un sueldo de 2 libras y 10 peniques por una jornada de 17 horas por día, empieza su travesía a bordo del Olympiq, pero tiempo después tras la insistencia de sus amigos que consideraban que trabajar en el Titanic sería una experiencia inolvidable, se embarca en el “insumergible”.
La noche del accidente con el iceberg, Violeta se encontraba durmiendo en su habitación, cuando alguien ordenó subir a la cubierta principal. Tras 8 horas de naufragio en las heladas aguas del Atlántico Norte, Violeta fue salvada por el “Carpathia”, siendo así la única sobreviviente argentina de uno de los accidentes más recordados del siglo XX.




