Y lo demás


Un granito de arena en el cielo
Junio 30, 2008, 11:33 pm
Archivado en: Descubrimientos e inventos | Etiquetas:

Al pensar en aeronáutica, grandes nombres nos vienen a la cabeza. Da Vinci y sus inventos tan adelantados a su época, los hermanos Wright y su famosisimo primer vuelo, Charles Lindbergh con su “Spirit of St. Louis” e incluso Santos Dumont, quien para algunos compite en importancia con Wirbul y Orville. Todos estos son nombres tan ajenos a nuestra tierra, que nos cuesta creer que hayamos contribuido con nuestro granito de arena para conquistar los cielos. Sin embargo un compatriota nos ubica nuevamente en una posición de privilegio, como parece ocurrir cada vez que algún suceso importante acontece. Suele decirse que siempre hay un argentino, pase lo que pase. Y esta no es la excepción.

Muy poco conocido para la inmensa mayoría de nuestra población, Raúl Pateras-Pescara, argentino nacido en la ciudad de Quilmes hacia 1890, fue uno de los más importantes promotores de un invento de indiscutida relevancia, el helicóptero.

SI bien la idea de este invento se remonta a años muy lejanos ( existe una historia que dice que en el año 500 a. C., técnicos chinos ya habían diseñado un “trompo volador”), Pateras-Pescara fue el primer hombre capaz de pilotear con cierto control esta aeronave en 1916, sentando las bases del futuro de una de las máquinas más significativas de la actualidad.

No obstante su tarea no se limitó solo a la aviación. Fue tal la magnitud de su trabajo, que llegó a patentar casi cien inventos, aportando ideas para la construcción de motores para autos y equipos para energía eléctrica. Incluso el Nacional Pescara, como se conoció al automóvil que creó junto al gobierno español, a su hermano Henri y al ingeniero italiano Moglia, se alzó con la victoria en 1931 en la carrera del Grand Prix de la costa europea.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Pateras-Pescara acaparó nuevamente la atención mundial con su motor de pistón libre, invento que confirmó definitivamente su brillante carrera, la cual puede describirse con solo nombrar a quienes trabajaron con este argentino a lo largo de su trayectoria. Coincidieron con él en numerosas creaciones figuras de la talla de Gustave Eiffel y Alberto Santos Dumont, por citar solo dos ejemplos de indiscutible importancia.

Conocido mundialmente como Marqués Pateras-Pescara, murió en 1966 dejando con su muerte un legado notable que lo catapultó al reconocimiento internacional pero que, como con muchos antes y después que él, no le alcanzó para ser profeta en su tierra.



La birome, el colectivo…¿y la lluvia “a piacere”?
Junio 30, 2008, 4:19 am
Archivado en: Descubrimientos e inventos | Etiquetas:

Tradicionalmente nos banagloriamos los argentinos de ser quienes inventaron el dulce de leche, la birome, el colectivo, el método de identificación a través de las huellas dactilares y mucho más. Buscamos en aquellas pequeñas cosas, ya cotidianas, una suerte de diferenciación, una forma de señalar nuestra unicidad y una manera de solventar nuestro orgullo. Intentamos hacer de aquello algo propio para describir nuestra esencia y para fortalecer nuestra imagen.

Ahora bien, seguro que todos ellos son inventos válidos, importantes descubrimientos que trascendieron los límites rioplatenses y supieron incluirse en el día a día de millones de personas en todo el mundo, pero es preciso saber que no solo hemos sido capaces (humildemente) de cambiar la Tierra sino también de modificar el cielo mismo. Esta es la historia de Juan Baigorri Velar, el argentino que inventó la máquina de hacer llover.

Corría el año 1938 y el mundo posaba sus ojos sobre la ajetreada Europa: el avance de la Alemania Nazi, la consolidación de la figura de Mussolini en Italia, la tercera edición del Mundial de Fútbol en Francia y la sangrienta guerra civil en España. Lejos, muy lejos, en el desván de una prolija casa del barrio de Villa Luro en la provincia de Buenos Aires el ingeniero especializado en petróleo Baigorri Velar encendía un aparato que, sin indicios previos, desataba la lluvia en sus alrededores. Colocándose a la par de renombrados inventores de la historia, Baigorri descubría casi de manera accidental las verdaderas posibilidades que alojaba su invento y el desarrollo sustancial de su mente creativa. Aquella máquina, asemejable en tamaño a un televisor mediano con dos antenas, cargada con reactivos químicos y conectada a una batería, perseguía en realidad el objetivo de medir el potencial eléctrico y las condiciones electromagnéticas de la tierra.

Una vez conocidas sus inusuales consecuencias, comenzó la fama de su creador. Le llovieron un sinfín de pedidos de entrevistas del medio nacional e internacional y concurrieron a su encuentro gran cantidad de personas que asoradas buscaban observar la labor del “mago de Villa Luro”. Se acumulaban además los pedidos que solicitaban una respuesta a las sequías: Santiago del Estero, San Juan, Carhué. Todos ellos, con mayor o menor horas requeridas, disfrutaron de generosas cantidades de milímetros de restauradora lluvia.

Finalmente llegaba la hora de comprobar las bondades de su aparato ante el tumulto de escépticos que, incrédulos o envidiosos, se rehúsaban a darle crédito. Cuenta la historia que por el año 1939 uno de sus más acérrimos detractores, el director del Servicio de Meteorología Nacional, Alfredo G. Galmarini, retó a Baigorri Velar a que desatara la lluvia entre los días 2 y 3 de enero. El “mago” aceptó el desafío y en una muestra de suficiencia y excelente rapto de humor envió un paraguas a su retador. Y efectivamente debió usarlo, entre aquellos días el cielo negro primero y la intensa tormenta luego evidenciaron los aciertos del prodigio.

Paulatinamente la magia y los milagros fueron desapareciendo. Pasaban los años y la figura mítica del ingeniero recibido en la Universidad de Milán se perdía ante el florecimiento de nuevos sucesos. Solo una vez más volvió a oírse su nombre cuando un ofrecimiento de compra llegó desde los Estados Unidos; la respuesta fue negativa, su inventó era para beneficiar a la Argentina. En 1972, a la edad de 81 años, Juan Baigorri Velar murió pobre y sin reconocimientos en un día de poderosas tormentas. El funcionamiento de su máquina y su estructura interna nunca más fueron duplicados.

A continuación, un documental excelente.