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Una de las lamentables características de nuestra historia, es la facilidad con que se cambian o derrocan los presidentes. Parece que alcanza solo con que algún grupo poderoso (militar, económico o político) así lo desee. Esta situación ha permitido que numerosos políticos alcancen lo más alto del poder para ocuparlo por un período realmente corto, períodos que en ninguno de los casos que mencionaremos posteriormente, superaron los 12 meses.
Aquí la lista de los presidentes argentinos que solo rozaron la presidencia.
Bernardino Rivadavia ( 08/02/1826 - 07/07/1827 ). Primer presidente de la Nación. No existía aún la Constitución Nacional.
Alejandro Vicente Lopez y Planes ( 07/07/1827 - 18/08/1827). Presidente provisional tras la renuncia de Rivadavia. No existía aún la Constitución Nacional. Creador del Himno Nacional Argentino.
Ramón Castillo ( 1942 - 19943 ). Accedió por medio del fraude electoral.
Arturo Rawson ( 04/06/1943 - 07/06/1943 ). No llegó ni siquiera a prestar el juramento como primer mandatario.
Pedro Pablo Ramírez ( 07/06/1943 - 09/03/1944 )
Eduardo Lonardi ( 23/09/1955 - 13/11/1955 )
Roberto Levingston ( 18/06/1970 - 22/03/1971 )
Héctor José Cámpora ( 23/07/1973 - 13/07/1973 )
Raúl Alberto Lastiri ( 13/07/1973 - 12/10/1973 )
Ítalo Argentino luder ( 13/09/1975 - 17/10/1975 ). Ocupó interinamente la presidencia durante una licencia por razones de salud de la presidenta María Estela Martínez de Perón, “Isabelita”.
Roberto Viola ( 29/03/1981 - 11/12/1981 )
Leopoldo Galtieri ( 11/12/1981 - 17/07/1982 )
Ramón Puerta ( 20/12/2001 - 23/12/2001 )
Adolfo Rodríguez Saa ( 23/12/2001 - 30/12/2001 )
Eduardo Camaño ( 30/12/2001 - 02/01/2002 ). Al momento de asumir era presidente de la Cámara de Diputados. Antes que a él según la línea de sucesión, le correspondía ocupar la presidencia al Vicepresidente de la Nación o al Presidente Provisional del Senado. El 30 de diciembre de 2001, ambos cargos se encontraban acéfalos.
Un dato que hay que tener en cuenta. En las elecciones de 1916 se puso en práctica por primera vez la Ley Sáenz Peña, la cual asegura el voto universal, obligatorio y secreto. Desde ese año, 36 fueron los personas que ocuparon el sillón de Rivadavia. De ese numero, 13 de los presidentes duraron en su cargo menos de un año. Es decir, incluso sin contar a los dictadores que superaron los 12 meses en la Casa Rosada, el 30% de los presidentes de la Argentina de las elecciones democráticas, rozaron la presidencia sin ser elegidos por el pueblo.
Corina Kavanagh (de ahí el nombre del edificio) fue una mujer que perteneció a los “nuevos ricos” de la Argentina de principios de siglo. Según cuenta la historia, por aquellos años había iniciado un romance con uno de los hombre más ricos del país, el joven Anchorena, hijo de Mercedes Castellanos de Anchorena, quien se oponía firmemente a este amorío.
Luego de un fugaz enamoramiento, con planes de casamiento incluidos, la postura familiar pudo más. Los Anchorena (una de las familias más tradicionales y ricas del país) no permitirían que ninguno de sus hijos se casara con lo que ellos denominaban despectivamente “nuevos ricos”. Así, el amor entre ambos estaba condenado al fracaso. Corina supuestamente “no daba la talla” para convertirse en una esposa Anchorena. Comienza aquí y así la increible historia del barrio de Retiro y del que fuera el rascacielos más alto de Sudamérica, el Kavanagh.
Humillada, Corina no se quedaría con los brazos cruzados. Una vez impedido su casamiento, daría inicio a su venganza.
Nada develaba más en esos años a los Anchorena que la construcción de la Basílica del Santísimo Sacramento, un templo que serviría como sepulcro familiar.
La idea de los Anchorena, quienes por esa época vivían en lo que hoy es la Cancillería, era comprar un lote vacío que se encontraba enfrente de la iglesia, para construir en este espacio su nueva mansión, que se anexaría más tardea la Basílica.
Rápida de reflejos, Corina notó que su venganza debía construirse en ladrillos. Aprovechando un viaje de Mercedes de Anchorena, decidió comprar el lote que los Anchorena ya habían indicado como su próxima mansión. Así en poco tiempo, contrató al estudio de arquitectos más prestigioso de la época para que diseñaran un edificio con un solo objetivo a la vista, tapar la visual de la Basílica del Santísmo Sacramento que los Anchorena ya habían logrado edifiicar.
Luego de 14 meses de iniciada la construcción, Corina conseguía vengarse. El Kavanagh se elevaba en lo más alto del cielo de Buenos Aires. Su objetivo había sido cumplido.
Tal es la altura del edificio, que la única forma de apreciar la Basílica de frente, es pararse en el llamado “Pasaje Corina Kavanagh”.
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En 1929, el Ejército argentino inició sus actividades en la denominada zona del Puente del Inca, región donde se ubica el Aconcagua, mediante un curso de esquí dirigido por Edelmiro J. Farrell (posterior presidente del país durante el período 1944-1946). Comienzan así las primeras excursiones para escalar la montaña más alta de América.
La primera expedición militar se concretó ese mismo 1929, en diciembre. Fue proyectada y ejecutada por los Tenientes Roberto V. Nazar y Hernán Pujato, los Cabos Primero Carlos Torres y Oscar Suárez y los Soldados Mauricio Silvia y Amadeo Canale. Este grupo partió desde la Ciudad de Mendoza y luego de tres jornadas de de marcha a lomo de mula, alcanzaron el Puente del Inca. Una vez en este punto, continuaron viaje hasta alcanzar los 6.600 metros. Sin embargo, a esta altura, debieron poner fin a su recorrido al ser sorprendidos por una fuerte tormenta de viento que les impidió continuar. En conmemoración a su intento, plantaron una plaqueta recordatoria en la altura máxima que pudieron conseguir.
Tal fue la dificultad de esta hazaña, que el Teniente Pujato sufrió congelamientos en pies y manos. Es necesarios no perder de vista que la tecnología de la época era sumamente precaria.
Finalmente el 8 de marzo de 1934, y luego de varios intentos fallidos, (aparte del ya mencionado, el Sargento ayudante Francisco Fretes alcanzó, según sus propias estimaciones, los 6.800 metros en 1932) el Teniente Nicolás Plantamura se convirtió en el primer argentino en llegar a la cima del Aconcagua, acompañado por tres alpinistas italianos y el arriero chileno Mariano Pastén. De esta manera, por primera vez la Bandera Nacional era plantada en el punto más alto de América.
Adjunto un video para tener una mínima impresión de la vista que otorga la cima del Aconcagua.
Detalle de la cruz de la cima que se aprecia en el video
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Corría el año 1910 cuando Eduardo Valfiermo, estafador argentino, se decidió a viajar a Francia para llevar a cabo el robo de la pieza de arte más preciada de la historia, la Giocconda.
Ya en el país galo, Valfiermo se contactó con el carpintero italiano Vincenzo Perugia para comentarle su plan. La idea era que éste último robase la obra maestra, la cual luego sería vendida al mejor postor. Consciente de la cantidad de ofertas que recibirían una vez producido el atraco, Valfiermo encargó al falsificador francés Yves Chaudron, crear seis réplicas del cuadro para venderlas a seis personas distintas y así, aumentar el monto y la magnitud de la estafa. Tal como se había planeado, las falsificaciones fueron rápidamente compradas por cinco coleccionistas estadounidenses y un brasileño.
- Llama la atención la facilidad con que se llevó a cabo este robo. Perugia no tuvo más que esperar a que aquel 21 de agosto de 1911, el museo cerrase sus puertas al público por mantenimiento, para tomar la Gioconda, quitarla de su marco, esconderla bajo su ropa y luego guardarla en una valija, todo esto sin despertar ningún tipo de sospecha.
Ante el desconcierto y la desesperación de las autoridades, artistas como Guillaume Apollinaire y Pablo Picasso fueron acusados como instigadores de semejante suceso.
La pintura fue recuperada dos años y ciento once días después del robo, sin que haya salido nunca del departamento de Perugia.
Por su parte, Valfiermo fue indicado como el actor intelectual, recién en 1931, luego de que concediera una entrevista a un periodista norteamericano, en la que aceptaba su cupabilidad.
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Si bien el deporte nacional es el Pato, existe otro que es practicado en estas tierras por nuestros gauchos y que puede ser considerado muy criollo, El juego de la taba.
El primer jue
go del Pato del que se tiene conocimiento se realizó en 1610 con motivo de la beatificación de Loyola, en la provincia de Buenos Aires, en una celebración que consistió en grandes festejos y en la que “se corrieron patos delante de la iglesia“. Esto lo recuerda el explorador Félix de Araza.
Si bien estas corridas presentaban características similares al deporte actual, su práctica fue prohibida hacia 1822 por el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Gral. Martín Rodríguez, aduciendo las terribles consecuencias que provocaba su juego. Consecuencias como la muerte de muchos de los jugadores.
Es importante aclarar que para determinarar esta prohibición no se tomó en cuenta la muerte de los patos.
Solo para 1937, es decir 300 años después de su creación, el juego fue reglamentado logrando así organizarlo. En 1938, Manuel Freco, Gobernador de la Prov. de Buenos Aires, derogó la prohibición y se inició de esta manera, una nueva etapa para este deporte que culminaría su trayectoria en 1953 al ser decretado Deporte Nacional Argentino por el Poder Ejecutivo.
Actualmente en el Deporte del Pato se enfrentan dos equipos, contando cada uno con cuatro jugadores que intentarán a lo largo de 4 o 6 períodos de 8 minutos cada uno, introducir el Pato en el aro de un metro de diámetro que se encuentra sobre un poste que se eleva en 2,4 metros ubicado al centro de las cabeceras de la cancha. El Pato a pesar de que en sus comienzos era justamente un pato cubierto con cuero (o dentro de una cesta), hoy en día es una pelota de cuero con asas.
El juego de la taba por su parte, se trata de uno de los juegos más tradicionales de nuestro país. Es un juego rural y clandestino.
La taba es el hueso astágulo del vacuno y lleva en la mayoría de los casos un enchapado superior e inferior (culo y suerte, resp
ectivamente). Se juega entre 2 personas, en un campo de juego que debe caracterizarse por un terreno blando y un poco húmedo, denominado “queso”. Este “queso” se divide en dos partes bien definidas en las que cada uno de los jugadores ocupa su posición, distanciados por 6 metros y con tablas a los costados. Cada jugador debe lanzar la taba hacia el queso y pasar al lado contrario. Al hacerlo, pueden darse tres resultados: con la parte lisa hacia arriba, suerte, es la ganadora; con la parte hueca hacia arriba, culo, la perdedora; y en forma vertical, Pinno, siempre ganadora. En caso de que la taba caiga en otra posición, se debe repetir el tiro por no ser válido.
Otro aspecto importante del juego es que participan muchos apostadores.
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El 15 de abril de 1912 se hundió frente a las costas de Terranova (Estados Unidos) el más famoso transatlántico de la historia, el Titanic. Considerado el mejor barco de su época, no solo por sus dimensiones sino también por sus lujos y comodidades, se llevó consigo a las aguas del Atlántico Norte miles de historias de desconocidos que murieron dejando atrás anécdotas y vivencias que nos siguen sorprendiendo. Dos de ellas es, sin duda, valen la pena conocerse.
Edgardo Andrew,
uno de los protagonistas de esta historia, nació el 28 de Marzo de 1895 en “El Durazno”, una estancia de más de 10.000 hectáreas, en la provincia de Córdoba.
Con 16 años, decidió partir hacia Inglaterra con el objetivo de estudiar ingeniería naval. Sin embargo, una invitación cambiaría para siempre su destino. Solo un año después, en 1912, su hermano Alfredo lo invitó a su casamiento que se llevaría a cabo en Estados Unidos. Comienza así su último viaje.
Andrew decidió dejar sus estudios para embarcarse hacia el país del norte de América. Nuevamente aquí todos los caminos parecen encontrarse para cambiar su vida. Decidido a realizar el viaje, primero buscó comprar pasajes para la embarcación “Oceanic”, pero una huelga de carboneros lo obligó a buscar otras alternativas. La primera en surgir fue el Titanic. Con un boleto de segunda clase en la mano, empieza su increible historia.
El 10 de abril de 1912, como todos los pasajeros, Andrew se acomodó en su camarote para iniciar su traslado a los Estados Unidos. Durante su estancia, conoció y forjó amistad con una pasajera estadounidense Winnie Troutt, quien años más tarde nos revelaría esta historia.
Pocos días después de su partida, más precisamente el 15 de abril, el Titanic se estremeció al chocar contra un iceberg, provocando un caos generalizado. El “insumergible” se estaba hundiendo sin completar siquiera su primer viaje.
Azorado por la situación, Andrew no se dejó llevar por la emergencia que obliga a la autoconservación. En su lugar, otorgó su salvavidas a su amiga norteamericana, salvándole la vida a ella y al bebé que llevaba en sus brazos.
Finalmente y para copletar lo trágico de esta historia, debido a la precariedad de la tecnología de las comunicaciones de aquellos años, la familia de Edgardo llegado el 29 de abril de 1912, todavía no se había enterado de su fallecimiento.
La otra protagonista de esta historia es aún mucho menos conocida que Andrew. Se trata de Violeta Jessop. Nacida en Buen
os Aires en 1888, luego de la muerte de su padre, comenzó a buscar trabajo y lo encontró en la compañía creadora del Titanic, la “White Star”. Camarera, con un sueldo de 2 libras y 10 peniques por una jornada de 17 horas por día, empieza su travesía a bordo del Olympiq, pero tiempo después tras la insistencia de sus amigos que consideraban que trabajar en el Titanic sería una experiencia inolvidable, se embarca en el “insumergible”.
La noche del accidente con el iceberg, Violeta se encontraba durmiendo en su habitación, cuando alguien ordenó subir a la cubierta principal. Tras 8 horas de naufragio en las heladas aguas del Atlántico Norte, Violeta fue salvada por el “Carpathia”, siendo así la única sobreviviente argentina de uno de los accidentes más recordados del siglo XX.
Al pensar en aeronáutica, grandes nombres nos vienen a la cabeza. Da Vinci y sus inventos tan adelantados a su época, los hermanos Wright y su famosisimo primer vuelo, Charles Lindbergh con su “Spirit of St. Louis” e incluso Santos Dumont, quien para algunos compite en importancia con Wirbul y Orville. Todos estos son nombres tan ajenos a nuestra tierra, que nos cuesta creer que hayamos contribuido con nuestro granito de arena para conquistar los cielos. Sin embargo un compatriota nos ubica nuevamente en una posición de privilegio, como parece ocurrir cada vez que algún suceso importante acontece. Suele decirse que siempre hay un argentino, pase lo que pase. Y esta no es la excepción.
Muy poco conocido para la inmensa mayoría de nuestra población, Raúl Pateras-Pescara, argentino nacido en la ciudad de Quilmes hacia 1890, fue uno de los más importantes promotores de un invento de indiscutida relevancia, el helicóptero.
SI bien la idea de este invento se remonta a años muy lejanos ( existe una historia que dice que en el año 500 a. C., técnicos chinos ya habían diseñado un “trompo volador”), Pateras-Pescara fue el primer hombre capaz de pilotear con cierto control esta aeronave en 1916, sentando las bases del futuro de una de las máquinas más significativas de la actualidad.
No obstante su tarea no se limitó solo a la aviación. Fue tal la magnitud de su trabajo, que llegó a patentar casi cien inventos, aportando ideas para la construcción de motores para autos y equipos para energía eléctrica. Incluso el Nacional Pescara, como se conoció al automóvil que creó junto al gobierno español, a su hermano Henri y al ingeniero italiano Moglia, se alzó con la victoria en 1931 en la carrera del Grand Prix de la costa europea.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Pateras-Pescara acaparó nuevamente la atención mundial con su motor de pistón libre, invento que confirmó definitivamente su brillante carrera, la cual puede describirse con solo nombrar a quienes trabajaron con este argentino a lo largo de su trayectoria. Coincidieron con él en numerosas creaciones figuras de la talla de Gustave Eiffel y Alberto Santos Dumont, por citar solo dos ejemplos de indiscutible importancia.
Conocido mundialmente como Marqués Pateras-Pescara, murió en 1966 dejando con su muerte un legado notable que lo catapultó al reconocimiento internacional pero que, como con muchos antes y después que él, no le alcanzó para ser profeta en su tierra.
Archivado en: Descubrimientos e inventos | Etiquetas: Máquina de hacer lluvia
Tradicionalmente nos banagloriamos los argentinos de ser quienes inventaron el dulce de leche, la birome, el colectivo, el método de identificación a través de las huellas dactilares y mucho más. Buscamos en aquellas pequeñas cosas, ya cotidianas, una suerte de diferenciación, una forma de señalar nuestra unicidad y una manera de solventar nuestro orgullo. Intentamos hacer de aquello algo propio para describir nuestra esencia y para fortalecer nuestra imagen.
Ahora bien, seguro que todos ellos son inventos válidos, importantes descubrimientos que trascendieron los límites rioplatenses y supieron incluirse en el día a día de millones de personas en todo el mundo, pero es preciso saber que no solo hemos sido capaces (humildemente) de cambiar la Tierra sino también de modificar el cielo mismo. Esta es la historia de Juan Baigorri Velar, el argentino que inventó la máquina de hacer llover.
Corría el año 1938 y el mundo posaba sus ojos sobre la ajetreada Europa: el avance de la Alemania Nazi, la consolidación de la figura de Mussolini en Italia, la tercera edición del Mundial de Fútbol en Francia y la sangrienta guerra civil en España. Lejos, muy lejos, en el desván de una prolija casa del barrio de Villa Luro en la provincia de Buenos Aires el ingeniero especializado en petróleo Baigorri Velar encendía un aparato que, sin indicios previos, desataba la lluvia en sus alrededores. Colocándose a la par de renombrados inventores de la historia, Baigorri descubría casi de manera accidental las verdaderas posibilidades que alojaba su invento y el desarrollo sustancial de su mente creativa. Aquella máquina, asemejable en tamaño a un televisor mediano con dos antenas, cargada con reactivos químicos y conectada a una batería, perseguía en realidad el objetivo de medir el potencial eléctrico y las condiciones electromagnéticas de la tierra.
Una vez conocidas sus inusuales consecuencias, comenzó la fama de su creador. Le llovieron un sinfín de pedidos de entrevistas del medio nacional e internacional y concurrieron a su encuentro gran cantidad de personas que asoradas buscaban observar la labor del “mago de Villa Luro”. Se acumulaban además los pedidos que solicitaban una respuesta a las sequías: Santiago del Estero, San Juan, Carhué. Todos ellos, con mayor o menor horas requeridas, disfrutaron de generosas cantidades de milímetros de restauradora lluvia.
Finalmente llegaba la hora de comprobar las bondades de su aparato ante el tumulto de escépticos que, incrédulos o envidiosos, se rehúsaban a darle crédito. Cuenta la historia que por el año 1939 uno de sus más acérrimos detractores, el director del Servicio de Meteorología Nacional, Alfredo G. Galmarini, retó a Baigorri Velar a que desatara la lluvia entre los días 2 y 3 de enero. El “mago” aceptó el desafío y en una muestra de suficiencia y excelente rapto de humor envió un paraguas a su retador. Y efectivamente debió usarlo, entre aquellos días el cielo negro primero y la intensa tormenta luego evidenciaron los aciertos del prodigio.
Paulatinamente la magia y los milagros fueron desapareciendo. Pasaban los años y la figura mítica del ingeniero recibido en la Universidad de Milán se perdía ante el florecimiento de nuevos sucesos. Solo una vez más volvió a oírse su nombre cuando un ofrecimiento de compra llegó desde los Estados Unidos; la respuesta fue negativa, su inventó era para beneficiar a la Argentina. En 1972, a la edad de 81 años, Juan Baigorri Velar murió pobre y sin reconocimientos en un día de poderosas tormentas. El funcionamiento de su máquina y su estructura interna nunca más fueron duplicados.
A continuación, un documental excelente.





